Martes, incondicionalmente amados
El día comenzó a las siete de la mañana cuando la insoportable alarma de P nos despertó con un agudo biiiiiip. Mis noches, las últimas, han estado plagadas de despertares inciertos y luchas sin destino por volver a dormir, entonces la alarma después de una noche de buen sueño opera como un inmerecido castigo.
Nos metimos a la ducha y allí llegaron nuestros hijos como cada día… y finalmente todo se convirtió en un desfile de piluchos mojados y con frío. Especialmente esta mañana de junio con cuatro grados bajo cero.
Es curioso como las responsabilidades se van “asignando” en una familia. En la nuestra están tan definidas y son tan flexibles a la vez…. Sin embargo todo gira en torno a los niños, a su felicidad, a darles un buen ejemplo, a la necesidad íntima de darles afecto, de que nos acepten en esa entrega, de sentirnos amados por ellos, abrigados, incondicionales. La otra cara de la moneda.
Con tanta frecuencia los adultos asumimos que somos el puntal de nuestros hijos, que somos encargados de darles y proveerles de “cosas” y afectos, lo que en sentido estricto es fácil de suscribir.
Sin embargo me pasa que cada noche cuando llego tarde del trabajo y les veo enfundados en sus pijamas con patitas reconozco en mí el vacío que su ausencia me provoca. Sólo verlos esperándome en la puerta me devuelve la calma, me libera, adormece mis demonios, restituye mis defensas.
Con mis hijos no tengo que ser nadie más que yo, con ellos jamás me siento en el lugar equivocado, con ellos siempre estoy viva. Me enamoran, me cautivan, me enternecen hasta lo indecible, me re-encantan con la idea de la familia que tan mala reputación tenía guardada en mis libros.
Entonces lo que yo creo que les doy me lo devuelven con enormes intereses. Lo que “hacemos por ellos”, en realidad lo hacen ellos por nosotros. Y lo hacen hoy, no mañana.
Por eso cuando esta mañana los cuatro montamos en nuestro autito, cuando nos besamos en la puerta del jardín infantil con las mejillas rojas y la punta de la nariz congelada, tuvimos como un rayo la certeza de la buena fortuna, de sentirnos padre y madre amados, abrigados, incondicionales.
Insisto: hoy, no mañana. Y en todos los idiomas de nuestro amor. En todas las gamas de nuestros colores, en todo el entramado de nuestra trayectoria. De nuestra historia de 6 años que ha sido –sin dudas- la aventura más compleja en la que hemos puesto las manos.
El día comenzó a las siete de la mañana cuando la insoportable alarma de P nos despertó con un agudo biiiiiip. Mis noches, las últimas, han estado plagadas de despertares inciertos y luchas sin destino por volver a dormir, entonces la alarma después de una noche de buen sueño opera como un inmerecido castigo.
Nos metimos a la ducha y allí llegaron nuestros hijos como cada día… y finalmente todo se convirtió en un desfile de piluchos mojados y con frío. Especialmente esta mañana de junio con cuatro grados bajo cero.
Es curioso como las responsabilidades se van “asignando” en una familia. En la nuestra están tan definidas y son tan flexibles a la vez…. Sin embargo todo gira en torno a los niños, a su felicidad, a darles un buen ejemplo, a la necesidad íntima de darles afecto, de que nos acepten en esa entrega, de sentirnos amados por ellos, abrigados, incondicionales. La otra cara de la moneda.
Con tanta frecuencia los adultos asumimos que somos el puntal de nuestros hijos, que somos encargados de darles y proveerles de “cosas” y afectos, lo que en sentido estricto es fácil de suscribir.
Sin embargo me pasa que cada noche cuando llego tarde del trabajo y les veo enfundados en sus pijamas con patitas reconozco en mí el vacío que su ausencia me provoca. Sólo verlos esperándome en la puerta me devuelve la calma, me libera, adormece mis demonios, restituye mis defensas.
Con mis hijos no tengo que ser nadie más que yo, con ellos jamás me siento en el lugar equivocado, con ellos siempre estoy viva. Me enamoran, me cautivan, me enternecen hasta lo indecible, me re-encantan con la idea de la familia que tan mala reputación tenía guardada en mis libros.
Entonces lo que yo creo que les doy me lo devuelven con enormes intereses. Lo que “hacemos por ellos”, en realidad lo hacen ellos por nosotros. Y lo hacen hoy, no mañana.
Por eso cuando esta mañana los cuatro montamos en nuestro autito, cuando nos besamos en la puerta del jardín infantil con las mejillas rojas y la punta de la nariz congelada, tuvimos como un rayo la certeza de la buena fortuna, de sentirnos padre y madre amados, abrigados, incondicionales.
Insisto: hoy, no mañana. Y en todos los idiomas de nuestro amor. En todas las gamas de nuestros colores, en todo el entramado de nuestra trayectoria. De nuestra historia de 6 años que ha sido –sin dudas- la aventura más compleja en la que hemos puesto las manos.
2 comentarios:
Qué lindo haberme pasado por aquí. Hermoso lo que has escrito. Como diría nuestro pequeño "el amor es lo mejor".
Saludos también desde el sur!
Saludos
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