martes, enero 10, 2006

POLAROIDS

El bolso pesado contrae mi espalda mientras las bolsas plásticas llenas de bebidas, plátanos y varios kilos de pan, me hacen doler las palmas de las manos. Corro -dentro de lo posible- hasta el terminal de buses que está a dos cuadras de la oficina. Allí me espera P, con una ordenada maletita con ruedas y una gruesa bolsa plástica blanca con rayas rojas y azules. Más tarde me enteraré que contiene queso, salami, pan de casa, palta, un cuchillo, dos cucharas chicas, tres bolsas de té, un termo individual, tres servilletas y un melón calameño.

Tenemos los asientos 6 y 7 en el bus intercomunal lleno de gente que vuelve a sus casas después de una agitada semana en la capital. Algunos han estado solamente por el día, visitando hospitales y enfermos o haciendo trámites en los servicios públicos o simplemente cumpliendo con la rigurosa misión de trabajar fuera pues en los pueblos no alcanza para todos.

El bus toma mas de tres horas en llegar al pequeño villorrio de nuestro destino.

Una vez allí, caminamos unos cuantos metros y llegamos al pequeño hostal donde el celular funciona solo cuando lo dejamos columpiándose en el marco de la ventana. El anfitrión nos recibe con la cara llena de sorpresa pues, a pesar de los intentos de M por comunicarle que vamos en camino, nada sabe de nosotros. Sin embargo, nos invita a pasar sin mayores ceremonias y luego de mostrarnos la habitación con dos camas, nos ofrece tomar un té que finalmente preparamos nosotros mismos, mientras él limpia con la aspiradora el piso de su camioneta sucia.

Y yo, con el pretexto de ver si el celular tiene señal, miró las enormes montañas llenas de araucarias, el cielo cargado, los pájaros de colores que no vi jamás en Londres y entonces siento el viento frío a través del vidrio frío. ¿Hacía cuánto tiempo no pensaba en Londres?

La última vez había sido hace unos meses cuando se me había venido a la memoria una de aquellas mañana gélidas en Clisold Park, con eLe en su coche, mirando hacia todos lados, callada y feliz en medio de los patos.

Sin embargo, hacía tanto tiempo que no pensaba realmente en Londres, digo, en mi vida allí, en las pequeñas rutinas diarias. En el almacén de los pakistaníes dulces y redondos que trabajaban de sol a sol y donde siempre había posibilidad de encontrar Haagendas de chocolate a las 11 de la noche o Henna para teñirse el pelo un sábado por la mañana.

Recordé los picnics en el parque, los viajes a la biblioteca del barrio a comprar libros de ocasión por una libra. Las conversaciones sobre las virtudes del vinagre de manzana con esa inglesa sin dientes de la casa de la esquina. Los restaurantes de Church Street, los platos de curry que pedíamos al take away, las visitas a Fresh and Wild, todo eso que para muchos serán solo innecesarias palabras en inglés y que para mí son los recuerdos que llenan los espacios de mis vacíos.

Entonces me doy cuenta que hay tantas cosas que no viviré nunca más. Por lo menos no de la misma manera. Me doy cuenta que he dejado a mis hijos con la empleada, que hoy es sábado y que los sábados se supone que estoy en casa y que puedo tener el pijama puesto todo el día. Y, sin embargo, aquí estoy; a los pies de un volcán inactivo con la maleta llena de manuales de inglés para un grupo de jóvenes que solo han podido ver el sol de su triste villa.

Y allí, en medio de ese paisaje verde, me sube una pena de esas que no se contienen y me dan ganas de estar en nuestro pequeño departamento de Durley Road, con los gorros y las bufandas protegiéndonos de la nieve del último invierno y con todo el tiempo a mi favor para montar en bicicleta durante las tardes de verano.

Hay veces en que me lleno de imágenes en blanco y negro, postales que se han guardado meticulosamente en el cardex de los recuerdos Historias detenidas en la fotografía instantánea-polaroid de la memoria. Sin embargo, cuando esa imagen unidimensional adquiere forma y olor, cuando la persona que ríe en la foto se convierte en la risa contagiosa o cuando el cumpleaños de la imagen se transforma en el olor de las velas recién apagadas.... entonces me da esta pena, esta nostalgia de volver, de restituir a mis fotos internas su derecho a renacer.
Recogo el celular desde el marco de la ventana. La pantalla marca sólo dos barritas.

2 comentarios:

kiantei Castor dijo...

He vuelto más temprano que tarde.
Que gran forma de escribir tienes amiga mía, de verdad.

El señor K. dijo...

Polaroids, cuadritos de nostalgia.
A veces pasa, querida, que nos caemos en el hoyo del pasado por largo rato y hay como un globo rojo que se va inflando en el pecho hasta cubrirlo todo.
¿Y qué pasa con los animalitos aquellos de los que hablamos hace un tiempo?