| MOTZART Anduvimos una hora en auto y cuando llegamos nos dimos cuenta que no habíamos traído sillas, cojines y tampoco las chaquetas de los niños. Estacionamos el auto en una explanada en la que había un centenar de vehículos y después comenzamos el ascenso por un camino terroso empujando el coche y observando cada una de las caídas de Louise que arrastraba a Bruno por la manga de su chaleco mientras se moría de la risa. Después de 10 minutos pudimos avistar el escenario, la orquesta, los miembros del coro y una multitud de personas desparramadas sobre la ladera de un pequeño cerro en un irregular mosaico de sillas plegables, chales, cojines y butacas. Mujeres embarazadas recostadas sobre la hierba, parejas entrelazadas acarameladamente, niños corriendo y gritando, rodando felices por la pendiente suave del cerrito. Y Mozart mirando siempre hacia el lago, sus ojos fijos en el paisaje lleno de árboles, volcanes y nubes. - “Esta es la verdadera cultura Marcela..... pero cómo lo explicas, cómo lo pones en palabras....es maravilloso y es gratis, como debería ser”, repetía una y otra vez a su esposa un hombre de unos 60 años sentado detrás nuestro, que no terminaba de creer que Christian organizara cada año este concierto al aire libre para todos quienes quisieran disfrutarlo. - “Es maravilloso”, confirmaba su mujer, mas preocupada de desentrañar la nacionalidad de sus momentáneos vecinos. -¿Hay harto gringo, te has fijado?, preguntaba al esposo como al pasar; mientras miraba insistentemente la cabeza color betarraga de Heidi y las casi albinas mechas de Max. Mientras tanto los niños miraban el paisaje y reían. Louise comía una ciruela llena de tierra, sentada en una vieja cerca de madera junto a Mozart, “el único busto de Mozart autentificado por el Mozarteum de Salzburgo existente en Sudamérica”, como explicaría más tarde el director del coro. Etienne jugaba a dirigir una orquesta imaginaria con una hebra de pasto que lo hacía gritar en su idioma de gorjeos. Los niños miraban el paisaje y yo miraba a los niños en medio de ese paisaje. De fondo la Orquesta Sinfónica de Neuquen y el coro de la Universidad Austral regalaban música que el aire hacia desaparecer en un par de segundos y que todos tratábamos inútilmente de atrapar. - “Parece como si estuviéramos en Europa”, decía la mujer a su esposo mientras el coro esforzaba sus gargantas para el final del réquiem. Entonces el gringo que estaba sentado junto a mi y que entiende perfectamente castellano, torció levemente su cuerpo hacia atrás y con una suavidad hecha para otras ocasiones le preguntó: - ¿Sabe usted como se escribe Mozart? La mujer le devolvió una mirada incomprensible, entre avergonzada e intrigada. El gringo se volvió sin decir palabra y aplaudió el final del concierto como si nada hubiera pasado. Nota: El busto de Mozart que hay en el Fundo Papageno, en medio de un pequeño bosquecito de abetos y pinos originarios de Salzburgo, tiene inscrito -por un error del tallador- el nombre M O T Z A R T. |
lunes, diciembre 19, 2005
martes, diciembre 13, 2005
viernes, diciembre 09, 2005
| EUROSTAR El calor me ciega por estos días. No puedo pensar y estoy en un estado de constante irritación de incendio inminente. Si no es ahora-es cada noche-pero nunca llega. Como si mi cuerpo hubiese perdido la capacidad de contenerse, de contener las ideas del cerebro, los truenos del estomago, los relinchos de la garganta finalmente los cliques de mis junturas. ¿Dónde voy con todos ustedes sentados a mi lado? ¿Cuántos iran en busca de una nueva vida y cuántos a sentarse en la comodidad de sus trayectorias.? No tengo casa |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)