Han pasado dos años, creo, desde la última vez que decidí volver a postear. Una decisión más en que la no-voluntad me la ganó. Sin duda.
Maldigo el maldito puto tiempo incompleto que no me calza con los deseos. Que no me deja espacio para escribir de estas cosas que me rondan y me rebotan. Esta crisis económica que me afecta y me desafecta como si con las mejores ganas, renunciar a la pega fuera la única forma de dejar de darle importancia.
En estos dos últimos años nació nuestra tercera hija, a lo mejor ya lo dije. Se llama Emma y es la más feliz de las Emmas que he visto por allí-por allá. Es la renovación del espiritu de la infancia que no quiere partir de nuestra casa. Y aunque en este último año estuvimos un poco separados todos en el cuerpo no lo estuvimos en el alma. En estos últimos años reafirmamos el compromiso de seguir haciendo patria en esta ciudad tan rara, tan turística y tan pobre.
Descubrí otras vocaciones, talentos y maniobras distractivas del monótono día a día funcionario. Demás está decir que ninguna de ellas es eficiente. En fin. Sigo aquí, extrañando a mis amigos de siempre a quienes –paradógicamente- nunca veo. He tenido la suerte de cruzar mi camino con otros nuevos amigos a quienes extraño de igual manera aunque los veo más.
Soy jefa de una familia de locos adorables, llenos de hadas, duendes marinos y enanos encantadores que con sus picotas recomponen minerales y piedras a miles de kilómetros bajo tierra. Hay días en que estoy bien feliz y que coinciden con mis tiempos de ocio, de paz, de jardín, de recoger murta en el campo con Etienne, de ir a pasear a buscar changles con Louise y la tropa a la cabaña de Miro y Bruno. Otros me consumo en papeles y oficios, memos y triplicados.
Después de años puedo decir sinceramente que la burocracia no es lo mío.
Después de años puedo decir que las aspirinas no funcionan. Pareciera que solo los cambios desde la raíz traen paz. Y yo estoy afilando mi hacha.
Maldigo el maldito puto tiempo incompleto que no me calza con los deseos. Que no me deja espacio para escribir de estas cosas que me rondan y me rebotan. Esta crisis económica que me afecta y me desafecta como si con las mejores ganas, renunciar a la pega fuera la única forma de dejar de darle importancia.
En estos dos últimos años nació nuestra tercera hija, a lo mejor ya lo dije. Se llama Emma y es la más feliz de las Emmas que he visto por allí-por allá. Es la renovación del espiritu de la infancia que no quiere partir de nuestra casa. Y aunque en este último año estuvimos un poco separados todos en el cuerpo no lo estuvimos en el alma. En estos últimos años reafirmamos el compromiso de seguir haciendo patria en esta ciudad tan rara, tan turística y tan pobre.
Descubrí otras vocaciones, talentos y maniobras distractivas del monótono día a día funcionario. Demás está decir que ninguna de ellas es eficiente. En fin. Sigo aquí, extrañando a mis amigos de siempre a quienes –paradógicamente- nunca veo. He tenido la suerte de cruzar mi camino con otros nuevos amigos a quienes extraño de igual manera aunque los veo más.
Soy jefa de una familia de locos adorables, llenos de hadas, duendes marinos y enanos encantadores que con sus picotas recomponen minerales y piedras a miles de kilómetros bajo tierra. Hay días en que estoy bien feliz y que coinciden con mis tiempos de ocio, de paz, de jardín, de recoger murta en el campo con Etienne, de ir a pasear a buscar changles con Louise y la tropa a la cabaña de Miro y Bruno. Otros me consumo en papeles y oficios, memos y triplicados.
Después de años puedo decir sinceramente que la burocracia no es lo mío.
Después de años puedo decir que las aspirinas no funcionan. Pareciera que solo los cambios desde la raíz traen paz. Y yo estoy afilando mi hacha.